Cuenta la leyenda que Aquiles, antes de nacer, ya estaba predestinado a ser más grande que su padre. Por este motivo, ningún dios del Olimpo quiso casarse con la hermosa Tetis, ninfa marina que sería su madre. Así las cosas, los dioses arreglaron un matrimonio con algún mortal. El padre elegido fue Peleo, rey de Tesalia, quien gustoso aceptó el honor. Al nacer Aquiles, su madre lo sumergió en el río de los infiernos para hacerlo inmortal, pero como tuvo que sujetarlo de un talón, esa zona quedó vulnerable. Desde muy chico ganó fama por sus prodigiosas virtudes para el combate. Al desatarse la guerra de Troya, Aquiles fue invitado a participar en ella a favor de los ejércitos griegos. Tetis, su madre, quiso disuadirlo, presintiendo un final trágico, pero el gran guerrero no la escuchó y, convencido de sus fuerzas, marchó al frente de batalla, junto con su amigo y amante Patroclo. Durante el desarrollo de los combates, Aquiles tuvo serios conflictos con Agamenón, el máximo líder de las tropas griegas y, durante un tiempo, se negó a combatir. Patroclo quiso tomar su lugar pero solo encontró la muerte a manos del príncipe Héctor. Desesperado por la muerte de su pareja, Aquiles prometió venganza y así lo hizo. Volvió a la batalla y mató a Héctor, líder militar de los troyanos, y arrastró su cuerpo muerto durante 12 días. Pero la sucesión de odios, muertes y venganzas no terminaría allí, pues Paris, hermano de Héctor, arrojó una flecha envenenada que, guiada por el dios Apolo, se incrustó en el talón débil de Aquiles. |