La maldición de la momia es todavía un misterio cuyas respuestas no resultan del todo satisfactorias. Cuando en el año 1922, el multimillonario inglés Lord George Carnarvon y el arqueólogo Howard Carter, se aprestaron a ingresar en la tumba de Tutankamon, una leyenda los detuvo por un instante, la inscripción decía lo siguiente: "La muerte tocará con sus alas a cualquiera que se atreva a perturbar el sueño del faraón". Sin darle mucha importancia a la advertencia, los intrépidos investigadores pudieron descubrir uno de los tesoros más fascinantes de la humanidad y lograron aclarar muchas dudas acerca de la vida de los egipcios. Al día siguiente del portentoso hallazgo, Lord Carnarvon sintió un fuerte aguijonazo en su mejilla izquierda cuando charlaba con su compañero Carter. Desde entonces, una horrenda agonía atormentó al rico aventurero inglés, hasta que dejó de existir un mes y medio después de penetrar en la tumba de Tutankamon. La enfermera que lo cuidaba dijo que Carnarvon deliraba y que pronunciaba a Tutankamon todo el tiempo. En el mismo instante en que se producía su muerte, un completo apagón dejó a oscuras la vivienda. Mientras esto pasaba en Egipto, en Londres, el perro favorito de Carnarvon moría misteriosamente. A partir de entonces, decenas de personas vinculadas a la investigación o familiares de ellos, perdieron la vida en extraños sucesos. La maldición de la momia de Tutankamon fue el argumento más escuchado para intentar explicar aquella serie de muertes misteriosas. Los más escépticos, aún hablan de casualidad. Lo cierto es que la muerte tocó con sus alas a casi todos aquellos que se atrevieron a perturbar el sueño de faraón, salvo, extrañamente, a Howard Carter, el principal impulsor de aquella investigación, quien falleció recién a fines de la década del 30. |